
El delicado sonido del arpa es una novela sobre la herida que dejan los vínculos paternofiliales rotos y la posibilidad —tardía y frágil— de la reconciliación. Amelia arrastra desde la infancia una relación conflictiva con su padre, Guillermo, a quien responsabiliza del abandono de su madre y de una vida marcada por la carencia afectiva. Ese resentimiento, sostenido durante años, se convierte en distancia, silencio y negación.
Cuando Guillermo enferma de Alzheimer, Amelia decide no hacerse cargo de él y lo interna en una residencia, convencida de que no le debe nada. Sin embargo, una serie de circunstancias —externas e íntimas— la obligan a enfrentarse a aquello que ha evitado durante toda su vida: la memoria, la culpa y la responsabilidad afectiva. Finalmente, decide llevar a su padre a su casa y acompañarlo en la última etapa de la enfermedad.
Durante ese tiempo compartido, mientras la memoria de Guillermo se deshace y el pasado emerge de forma fragmentaria, Amelia inicia un proceso de transformación profunda. El cuidado cotidiano se convierte en un espacio de confrontación y, también, de reconocimiento. La novela indaga en la complejidad de los afectos, en la herencia emocional que atraviesa a padres e hijos, y en la posibilidad de sostener al otro incluso cuando el amor ha sido insuficiente o imperfecto.
Con una prosa íntima y contenida, El delicado sonido del arpa reflexiona sobre el cuidado, la memoria y la dignidad de los vínculos en el final de la vida.
Fragmento
Las maletas apiladas en la entrada de la casa aguardan su partida. Da un puntapié a una de ellas y se mira en el espejo antiguo con forma de sol que había comprado cuando se instalaron en Madrid y Amelia aún no había nacido. Los párpados le caen sobre unos ojos que observan en silencio el paso del tiempo sobre su rostro. Suelta el juego de llaves en el cuenco desconchado del recibidor. Hace tantos años que abrió esa puerta y ahora la tiene que cerrar tras él y darle la espalda a su vida, a todo lo que ha construido junto a su hija. Mira a su espalda y se dirige a su sillón. Acaricia las hebras desprendidas y arranca con las uñas unos pedazos de piel sintética. Los tira al suelo y se desploma sobre el respaldo. Atrás deja el hogar donde el tiempo se marcaba en un reloj sin horas; con juegos en la arena del parque; con lápices de colores garabateados en la pared; con noches interminables atento al sonido de la cerradura que se abría a deshora.
Saca de la billetera una fotografía de Amelia que siempre lleva consigo. Desdobla con cuidado las esquinas que han quedado dobladas con el paso del tiempo y la aprieta contra su pecho. Su niña. La que se arrastraba contra las baldosas del suelo antes de aprender a andar. La que daba sus primeros pasos hacia sus brazos. La que ha sido su motivo para continuar y la que ha estado siempre a su lado. Se duerme con el retrato apretado contra su pecho.
Amelia regresa del trabajo y se encuentra a su padre desabrigado y con la ventana entreabierta. La lluvia se ha colado en el piso como una intrusa y ha mojado la pared. La cierra y mira hacia la esquina por la que desapareció su madre hace mucho tiempo. Baja la persiana con cuidado. Suspira y le ajusta la manta de lana que le había regalado Carlota en uno de sus cumpleaños. Posa su mano sobre las de Guillermo y le acaricia su pelo blanco y espeso. Lo siento, papá. Apaga la luz de la lámpara de pie y entorna la puerta del salón.
Recoge la ropa húmeda del tendedero y la pone a secar sobre las sillas de la cocina y en los radiadores de la casa. Se coloca la bata y se prepara una infusión para reconfortarse. Mira tras los cristales. Un cielo, alimentado de nubes, mana sobre la ciudad.
Entra en la habitación de su padre llena de trastos inservibles. Huele al paso de los días y los años. Todo el cuarto se aferra a los recuerdos que le han acompañado desde su juventud: en el armario, cuelgan las camisas planchadas que se pone los viernes de baile y de partida. Los zapatos nuevos con hebillas de piel marrón con los que va a misa y unas botas de campo incrustadas del barro de los días de pesca cuando aún salían juntos de madrugada con todos sus aperos y su libreta en la que dibujaba todo lo que veía a su alrededor. Un día serás una buena dibujante. Deja todo como está y se dirige a la cómoda que está a los pies de la cama. Abre el primer cajón y se encuentra con la muda sin estrenar por si surge un imprevisto. Nunca entendió ese pudor de los mayores. Da unos pasos hacia la mesilla de noche sobre la que hay un tarro para la artritis con la última pastilla, junto al retrato familiar de la última Navidad que habían pasado los tres juntos y el panfleto de la residencia pegado con celofán. Se sienta en el borde de la cama que desprende un olor a rancio. Esa mañana, se le había escapado un poco de pis y aún no había tenido tiempo de cambiar las sábanas. Levanta la almohada y ve el retrato de su madre. Acaricia su rostro y lo coloca sobre la mesilla […]
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