Escritora de vínculos, memoria y heridas que sanan.
Narro desde la adultez que mira atrás sin romperse.
Me interesan los vínculos que permanecen cuando el tiempo ha cambiado a las personas, las casas y las palabras.
Escribo sobre aquello que sigue viviendo en nosotros: una mesa puesta, una llamada, una ausencia, un gesto que regresa muchos años después.
Mi escritura nace de la memoria emocional, de los silencios y de todo aquello que no encontró su lugar cuando ocurrió. No busco reconstruir el pasado, sino comprender cómo sigue habitando el presente.
No explico. Escribo para mirar desde dentro.
La voz nace de aquello que no siempre encuentra un lugar en la conversación cotidiana.
Escribo desde una vulnerabilidad que no busca imponerse, sino comprender.
Me detengo en lo que apenas se ve: un gesto, una pausa, una mesa que permanece puesta cuando todos se han ido.
Ahí empieza la palabra.
Trabajo entre la novela y el relato, dos formas distintas de acercarme a las mismas preguntas. Mi escritura vuelve una y otra vez a los vínculos, la ausencia y la búsqueda de un lugar propio. No me interesa ofrecer respuestas cerradas, sino permanecer allí donde una historia sigue resonando después de la última página.
Plata de barro es otra forma de escritura. Un lugar donde la palabra deja la página para encontrar la voz.
Escribir en voz alta también es escribir con el cuerpo: con la respiración, los silencios y el tiempo de cada frase.
Leo para acompañar. Para que las historias puedan habitar también el oído.
Escribo para nombrar.
Para sostener lo que queda.
Para quedarme.