Hay gestos que nacen de la costumbre y terminan sosteniendo mucho más que un cuerpo. Una habitación, el frío, dos personas que se conocen en el silencio. A veces el cuidado está en lo que hacemos despacio, cuando ya no hacen falta las palabras.
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Se ajusta el fular.
Hace frío.
Se acerca a la cama.
Él la mira.
La lengua asoma.
Lo incorpora.
Despacio.
Pasa su brazo por la espalda.
Lo levanta.
El cuerpo pesa.
Lo sienta en la silla.
No habla.
Ella tampoco.
Él sonríe.
Ella le besa la mejilla.
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Hay vínculos que, cuando las palabras ya no alcanzan, encuentran su forma más profunda en los gestos pequeños: acercarse, levantar, acompañar, permanecer.
