Te llevo en el bolsillo de mi pantalón.
Dibujada a carboncillo. Mi niña. Mi tesoro más preciado.
Nunca has querido saber más de este padre que te espera a la puerta de esta casa en ruinas que pronto se inundará de agua.
Desapareciste aquella noche y mi amor por ti lo arrastré por los pastos a los que te llevaba conmigo.
No recuerdo tu nombre. Mi cabeza lo ha olvidado.
Recuerdo tus manitas agarradas a mis perneras para no caerte.
Recuerdo a tu madre dándote el pecho, sentada frente al fuego y tú sin parar de succionar.
He luchado por no marcharnos de aquí. Por mantener nuestra casa intacta por si regresabas.
Nuestro pueblo. El hogar de muchas generaciones que ahora se inunda y solo deja ver el campanario.
Me abandonó el día que volaron nuestra casa y con ella mis raíces.
Espero hija que tú estés bien. Que hayas encontrado ese mundo tan inmenso que nos decías en tus cartas.
Siempre te esperaré.
Yo me quedo aquí.
****
Hay lugares que permanecen en nosotros, incluso cuando ya no podemos volver a ellos.
