Mujeres que sostienen generaciones

Los alfileres se clavan en la yema de mis dedos.
Una gota de sangre brota.

Pienso en ti, mamá.
En tus manos pequeñas y rápidas.

En los talleres de confección.
Las telas, los patrones, la radio de fondo.

El pedal marcando el pulso de tus días.

Había un ritmo en casa.

El de tu trabajo.
El de lo que no se decía.

A veces cantabas.
Yo escuchaba desde mi cuarto el traqueteo constante de la máquina de coser.

Ese sonido fue mi hogar.

Llevabas hebras en el mandil.
Alguna en el pelo.

Corto los hilos con los dientes.
Como tú.
Como la abuela.

Nadie me enseñó.
Se quedó conmigo.

Aprendí a pasar el hilo sin que se enredara.
A deshacer puntadas sin que se notara.
A medir antes de cortar.

A sostenerme.

Recuerdo tus manos al final del día.
La piel áspera.
El cansancio en los nudillos.

Nunca te escuché quejarte.

Coser era más que un oficio.

Era una manera de reparar.

Ahora paso la aguja por la tela
y me pregunto cuántas veces te cosiste por dentro.

Cuántas veces recogiste tus hilos sueltos.

Mientras coso, no estoy sola.

Detrás de mis dedos están los tuyos.
Detrás, los de la abuela.

Es una cadena que no hace ruido.

Pero sostiene.

Tac.
Tac.
Tac.

El latido de la casa.

Paso el hilo por la aguja.
Reconozco el gesto.

Coso.
Uno las piezas.

Una gota de sangre vuelve a aparecer.

La limpio.

Continúo.

Este texto forma parte de Plata de barro.