Nunca olvidaré la nota desafinada que salió de aquel instrumento abollado y
viejo. La saliva en la boquilla empujando para que saliera el aire.
Mis dedos de terruño apretados contra el metal. Parecía que no tuviera aliento
suficiente para hacerlo tañer.
Y ese hombre. Ese sastre maestro que se arrastró hasta nuestro pueblo con su
abrigo recio de lana y su clarinete que hacía cantar al cierzo en el bosque y en
el campo y nos hacía callar cuando sonaba por las calles como una nana que
todos lleváramos dentro. Hasta el Mudo calmó su rabia cuando murió su madre.
Llegó con su mujer agarrada a la única malleta que traían con ellos. Nadie los
quería por allí. Ni siquiera esa bruja que vivía en la cabaña del bosque y curaba
los males del cuerpo y del espíritu con sus mejunjes.
Las mujeres renegaban de ella. Pero luego, bien que acudían a sus brebajes
cuando tenían necesidad: que si un hueso se le ha salido de su sitio al marido
mientras arreaba el mulo por la huerta. Que si anda con unas fiebres altas el
zagal y no sana ni con baños fríos. Que si una moza se ha “quedao” “preñá” y
quiere sacarse el bulto de encima. Todos acuden a la pelirroja que se le va la
lengua con unos vasos de vino.
Y tú Mariano, mi amigo, mi maestro. Enseñaste a estos campesinos brutos que
la música se aprende con la atención del oído. Yo aprendí que una nota puede
cambiar el mundo. Y el mundo cambió sus banderas por odio. Yo cambié cuando
te llevaste mi música contigo.
“Escribo para que lo vivido no se pierda en el silencio.”