Nunca olvidaré la nota desafinada que salió de aquel instrumento abollado y viejo.
La saliva en la boquilla empujando el aire.
Mis dedos apretados contra el metal.
Parecía que no tuviera aliento suficiente.
Y ese hombre.
Ese sastre que llegó al pueblo con su abrigo de lana y su clarinete.
Hacía cantar al cierzo en el bosque y en el campo.
Nos hacía callar cuando sonaba por las calles,
como una nana que todos lleváramos dentro.
Hasta el Mudo calmó su rabia el día que murió su madre.
Llegó con su mujer, agarrados a la única maleta que traían.
Nadie los quería allí.
Ni siquiera la mujer de la cabaña del bosque.
Las mujeres renegaban de ella.
Pero luego acudían a sus brebajes:
para el hueso salido del marido,
para las fiebres del zagal,
para la moza que quería quitarse el bulto.
Todos iban a la pelirroja
cuando el vino le soltaba la lengua.
Y tú, Mariano.
Mi amigo.
Mi maestro.
Enseñaste a estos hombres que la música se aprende escuchando.
Yo aprendí que una nota puede cambiar el mundo.
El mundo cambió.
Y yo cambié
cuando te llevaste mi música contigo.
Este texto forma parte de Plata de barro