Margaritas

Miré en su armario. La ropa seguía donde ella la había dejado. Pasé los dedos por la tela de una blusa de seda con estampado floral. La escogí y me la puse con cuidado. Todas las mañanas, después de desayunar, salía con un cubo de agua y un trapo. Limpiaba su escarabajo descapotable amarillo mientras yo la observaba desde el porche. Cuando terminaba, levantaba la cabeza y sonreía. Era la misma sonrisa con la que años después se despidió de mí.Las dos bailábamos al ritmo de la música que sonaba en la radio. Teníamos los pies descalzos. Girábamos hasta perder el equilibrio y acabábamos riendo sobre la hierba, convencidas de que aquel verano no terminaría nunca.

Las maletas descansaban junto al árbol donde colgaba un columpio de madera.

Me peinaba a la luz de una vela. Ella llevaba el cabello siempre suelto. Flotaba en el aire.

Me quedé en la ciudad. Ella se marchó con su escarabajo y la maleta llena de color. La vi años después. Tenía la piel curtida por el sol. Sus pensamientos seguían lejos. Quizá en la playa. Quizá en la música que nos hacía bailar.

Recojo la taza del desayuno con un dibujo de una margarita. Como la que llevaba en el coche y en el pelo. La sostengo un instantes antes de dejarla en el fregadero. Durante un momento vuelvo a escuchar nuestras risas, la música de la radio y el motor del escarabajo.

Cierro la ventana de la cocina. Unos faros se detienen en el camino.

Espero.

Margaritas es también el primer episodio de la segunda temporada de Plata de barro, mi pódcast de relatos literarios.

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