Hay tardes que permanecen intactas en la memoria.
No porque en ellas sucediera algo extraordinario.
Permanecen porque fue entonces cuando empezamos a comprender algo que, durante mucho tiempo, no supimos nombrar.
* * *
Miro la luz plateada sobre el agua. Suena el teléfono. Leo tu nombre.
Detrás de mí siguen abiertos los bares. Más allá, las calles comerciales.
Sobre las casas, asoma nuestro hotel.
Esperas mi llamada como cada tarde. Lanzo el teléfono al mar.
Hundo los pies en la arena. Las luces del paseo se encienden.
La sal me alcanza los labios.
* * *
A veces creemos que la memoria conserva los hechos.
Con el tiempo descubrimos que conserva otra inpresión: la luz con la que empezamos a entenderlos.