Volví a la torre.
Subí al campanario de la iglesia cuando el pueblo dormía.
Apoyaba la frente en el vértice geodésico y esperaba.
No sabía exactamente qué esperaba.
Una luz.
Un gesto.
Algo que viniera de ti.
Te llamabas Vega.
Como la estrella.
Decías que era fácil encontrarla si sabías dónde mirar.
Que no hacía falta ver todo el cielo, solo aprender a reconocer una señal.
Yo te creía.
Nos sentábamos junto a la fuente cuando caía la tarde.
El agua corría detrás de nosotros como si no tuviera nada que ver con el tiempo.
Llevabas siempre aquel telescopio torcido que te había hecho tu madre.
Lo sostenías con una seriedad que no teníamos.
—Mira —decías—. Ahí.
Yo miraba.
No veía más que un punto.
—Es suficiente.
Una noche subimos a la torre.
Nos colamos por la abertura estrecha.
Nos arañamos los brazos.
El viento empujaba como si quisiera echarnos.
Nos agarramos al vértice.
Tus manos estaban frías.
—Desde aquí se ve mejor —dijiste.
El pueblo era una mancha de luz.
El cielo, abierto.
—Cuando me vaya, mírame desde aquí.
No respondí.
Te fuiste.
Yo también.
Aprendí a nombrar las estrellas.
A medir distancias que no se tocan.
A entender que la luz siempre llega tarde.
Aun así, cada vez que encontraba a Vega, pensaba en ti.
He vuelto.
La torre sigue en su sitio.
El vértice también.
Subo despacio.
Apoyo las manos donde las apoyábamos entonces.
Busco el mismo punto.
El cielo tarda en abrirse.
Vega aparece.
Pequeña.
Fija.
Como siempre.
Me quedo ahí.
No sé cuánto tiempo.
Espero.
Como antes.
No hay señal.
No hay luz.
No hay nadie.
Aun así, no me muevo.
Miro.