Hay noches que permanecen en la memoria sin que recordemos exactamente por qué.
No fueron distintas a las demás.
Solo hubo un momento en el que la casa empezó a decir algo que todavía no sabíamos escuchar.
* * *
Había llamado de noche.
Mis brazos se habían quedado dormidos bajo el cuerpo mientras escuchaba el silencio de la línea.
El libro resbaló desde mi regazo hasta la alfombra, donde dormía el gato.
Ella me lo regaló cuando todavía nos hablábamos sin miedo a romper nada.
Me quedé mirando el techo.
La bombilla desnuda colgaba, como un hueso pequeño, sobre la cama.
La lámpara ya no estaba. Ella misma la desmontó unos días antes,
la envolvió en plástico de burbujas y salió de casa abrazándola contra el pecho.
Era fuerte.
Más que yo.
La luz del atardecer atravesó el prisma sobre la estantería y llenó la pared de colores.
Nuestra fotografía de París ya no estaba allí.
Solo permanecía el rectángulo limpio.
* * *
A veces no recordamos el instante en que una vida cambió.
Recordamos la luz que quedó sobre las cosas cuando todo terminó.