Me siento en la mecedora de mi abuelo y recojo la revista de deportes que mi hermana ha dejado en el suelo.
Está doblada por la página de Atletismo.
Corre en las maratones del barrio. Ha ganado las últimas. Su nombre se respira en casa.
De pequeña la tiré de la cuna. No lo recuerdo. Mi madre lo cuenta los domingos, cuando comemos juntas, y mi hermana se toca la cabeza como si aún le doliera.
Mi padre le pregunta por la próxima competición.
Mi madre le sirve más carne y le sonríe.
Como en silencio.
Me sirvo ensalada.
Durante el postre, mi padre le entrega una caja con las nuevas zapatillas.
El olor del caucho llega hasta mí.
La vitrina del abuelo guardará otro trofeo.
Hace años corríamos juntas.
Nos caíamos sobre la tierra, cogidas de la mano.
Las rodillas abiertas.
Sangre y arena.
—Eres la hermana mayor —decía mi padre.
Mis pies descalzos se balancean.
Cierro los ojos.
La arena húmeda cede.
Las olas entran y salen.
Me cubren los tobillos.
La sal deja una línea blanca sobre la piel.
La mecedora se detiene.
Apoyo los pies en el suelo.
Me levanto.
El aire entra por la ventana abierta.
Entre los trofeos, mi hermana sonríe.
Me doy la vuelta.
Este texto forma parte del pódcast Plata de barro